Verla tan cerca y al mismo tiempo tan infinitamente distante, era como mirar a otro universo a través de una puerta, otra dimensión cálida, soleada, tropical en la que vivió hace tiempo, pero de la que ahora había sido expulsado. Cada noche dejaba flores ante la puerta de su dormitorio.
Fue una vergüenza: probablemente ni siquiera se habría dado cuenta de lo que pasó. Podía habérselo perdido fácilmente. Una noche se quedaron jugando a cartas hasta tarde, aun sabiendo que las partidas entre magos solían degenerar en una metacompetición para descubrir quién superaba a los otros haciendo trampas mágicas, yprácticamente todas las manos terminaban enfrentando cuatro ases contra un par de escaleras de color. Bebían grappa y Quentin se sentía un poco mejor. El retorcido nudo de vergüenza y arrepentimiento que sentía en el pecho desde que pasara la noche con Janet iba deshaciéndose gradualmente, o cicatrizando al menos. No había significado nada. La relación entre Alice y él era mucho más importante, podrían superarlo. Janet apareció en pijama frotandose los ojos.
-¿Qué ocurre aquí?
Él pasó por su lado, dándole un fuerte empujón en el hombro.
-¡Eh! ¡Que eso duele! - le gritó la chica a su espalda.
¿Doler? ¿Qué sabía ella del dolor? Encendió la luz de la habitación de Penny. La cama estaba vacía. Cogió la lámpara y la tiró al suelo. Ésta parpadeó y se apagó. Quentin jamás se había sentido así, era algo sorprendente: su rabia lo había vuelto superpoderoso. Podía hacer lo que se propusiera. No había literalmente nada que no pudiera hacer. O casi. Intentó arrancar las cortinas del cuarto pero resistieron, incluso cuando se colgó de ellas con todo su peso. Entonces abrió la ventana, desgarró las sábanas de la cama y lanzó los jirones al exterior. No estaba mal, pero quería más. Destrozó el despertador de un puñetazo y empezó a tirar los libros de las estanterias. (...)Era tan estúpido. Era tan obvio. No hacía falta ser muy listo. Él se había follado a Janet y ahora ella se follaba a Penny. Estaban empatados. Pero él estaba borracho cuando lo hizo, ¿cómo podían estar empatados? ¡Apenas sabía lo que estaba haciendo! ¿Cómo podían estar empatados? (...)
A Quentin no le interesaba dormir. El dolor era un sentimiento agónico, como el largo descendo desde el éxtasis, como ese personaje de dibujos animados que se cae de un edificio y plof, choca contra un toldo, pero lo atraviesa y plof, choca contra otro, y contra otro, y contra otro más. Está seguro de que uno de ellos resistirá y volverá a impulsarlo hacia arriba, o se enrollará sobre su cuerpo, pero ninguno resiste, sólo aparecen toldos endebles, uno tras otro. Y el personaje cae, y cae, y cae. Pasa el tiempo y desea detener su caída de una vez, aunque eso signifique estrellarse contra la acera, pero no se detiene, sigue cayendo, atravesando toldo tras toldo, hundiéndose cada vez más profundamente en el dolor. (...)
No podía dormir. La idea se le ocurrió al amanecer y esperó tanto como le fue posible, pero era demasiado buena para guardársela. Era como un niño en Navidad, que no puede esperar a que se despierten los adultos. Papá Noel había llegado y lo arreglaría todo. (...) Él era ahora el animador, manejando sus pompones, saltando arriba y abajo, dando volteretas por el parquet, gritando con toda la fuerza de sus pulmones:
-¡Nos! ¡Vamos! ¡A!
¡Fill!
¡O!
¡Ryyyyy!
Los magos-Lev Grossman
genial abi
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