jueves, 21 de febrero de 2019

estoybien(2)

veces pienso en cuánto necesito recuerdos nuevos, porque los viejos ya se están cubriendo de polvo. Y a veces pienso en cuánto necesito besos nuevos, porque los labios se me están agrietando de tanto extrañar los tuyos sobre ellos. Y en cuanto a mi lengua, en ella puedo jurar que siento un amargor característico de todas las bocas que no son las tuyas. También, pienso, necesito risas nuevas, porque es que las de los demás no me cautivan tanto, no me gustan tanto. A ellos no se les forman esas arruguitas, y si lo hacen, ni siquiera lo noto. Y es que, te confieso: no hay risa tan linda como la tuya, ni ojos tan lindos como los tuyos, ni arruguitas tan lindas como las tuyas. Y, te confieso: extraño mucho las arruguitas que se te formaban al costado de los ojos cuando te reías. Creo que hasta llego a extañarlas aún más que a tus ojos. No sabía que era posible, digo, extrañar algo más que a tu mirada, porque a ella me aferré durante años. Pero tal vez sí es posible, sabés?
Te extraño, ¿sabés?
Te extrañé el domingo, pero se lo atribuí al día mismo, porque ¿quién no extraña los domingos? Pero después se hizo lunes, y te seguí extrañando, y esa vez se lo atribuí a la música que estaba escuchando, porque, ¿quién no extraña escuchando música triste? Pero el martes bajo un sol de casi 40℃ te seguí extrañando, y ya se me acababan las excusas, e incluso hoy es jueves y sigo y no paro de pensarte y extrañarte, y entonces me di cuenta: que aunque el viernes en el boliche sonaba cumbia desde los parlantes, ahí, justo en ese momento, también te estaba extrañando.
Y es que no importa el clima, o qué musica escuche, o qué día sea, yo siempre te estoy extrañando.
Y, no me malinterpretes cuando me lees escribir la palabra necesito: yo no te necesito. Yo estoy más que bien sin vos, yo estoy más que bien sin nadie: yo estoy bien.

Pero es que a veces cuando te pienso, y cuando pienso en lo mucho que te extraño y necesito, me consuelo a mí misma con la idea de que vos y yo nos cruzamos por algo en esta vida. De que raras veces el destino se entromete de tal forma que te pone a la misma persona tantas veces en frente: que nuestros reencuentros tienen que ser más que simples casualidades. Que nuestra conexión existe, que ahí está, que no sé si es el hilo rojo, o algo astrológico, o algo de nuestras almas, o qué: pero ahí está. Algo nos conecta, algo mucho mayor que vos y yo, algo que nadie puede controlar. Y esta idea me consuela cada vez que te extraño.

Y entonces, te repito: yo estoy bien. Me consuelo con esa idea. Con que lo que está destinado a ser, va a ser: y nosotros estamos destinados a ser.
Y estoy bien, creeme, estoy bien.
Pero, a veces, cuando me canso de mantener viva la ilusión, 
y cuando la esperanza apoya todo su peso en mi espalda,
me dan ganas de renunciar, de patalear, de encontrar a quien sea que haya inventado esa frase de "el tiempo pone todo en su lugar" y tirar su cadaver junto al de quien haya inventado la de "lo que tenga que pasar pasará".
Porque a veces te extraño mucho, y me doy cuenta que, sí, estoy bien, pero me falta algo: me faltas vos.

Y entonces, te repito, yo estoy bien,
estoy bien, estoy bien, estoy bien.
Pero... ser feliz tiene que ser otra cosa.
Ser feliz tiene que ser mucho más que "estar bien".

        qué 
                      dificil
                                  se me hace
                                                       aceptar
                                                                       que 
                                                                                  no me pensas 

domingo, 17 de febrero de 2019

Sí, puedo.

"Me debes unas birras y tequilazos vos, te acordas?" escribí. Tentando al demonio, al destino, a qué se yo qué. Con la idea de que nos debíamos mucho más que una birra, apreté el botoncito y lo envié. Un tilde, dos tildes. En cuestión de segundos, mi mensaje llegó a sus manos.
Cerré la aplicación, tiré el celular en la cama. Ay, no. No debía haber enviado nada. Seguro no se acordaba. Seguro no le importaba. "Qué estupida, igual no va a contestar", me dije. Seguro estaba ocupado trabajando en algún proyecto nuevo, o con algun amigo, o con... qué se yo, quizás, arreglando para tomar una birra con otra. ¿Por qué lo envié? Creo que en el fondo esperaba que no le llegara nunca, que haya cambiado el número. O que no respondiera, que me ignorara, que deje de ilusionarme una y otra vez. Pero ya estaba, no había vuelta atrás. Mensaje recibido.
Me quise distraer, pero finalmente, volví a sentarme la cama, y sostuve el aparatito en mis manos. Me sonó, pero no era él. Mi amiga diciendome "avisame qué te contesta". Me removí inquieta. Eso quisiera, que me conteste, primero que nada. "Si no lo hace, salimos nosotras, no te preocupes. Si no te contesta, es un boludo". Sí, es un boludo, pero cómo me gusta este boludo.
Y entonces llegó. Me sonó un tono distinto, porque, sí, le puse un tono distinto para identificarlo. ¿Realmente te gusta alguien si no le pones un tono diferente a sus mensajes? Giré despacito el celular, casi con miedo, casi con terror. Esperaba el "sí, un día de estos" o, qué se yo, alguna excusa de las que siempre me ponía. Alguna vuelta. Pero entonces... "Sí, obvio que me acuerdo. Este viernes si queres. Podés?" me dijo.
Me temblaban las manos. ¿Por qué tiemblo? Sonreí, y nerviosa, decidí esperar unos 15 mintos para volver a escribirle. Como quien no quiere la cosa. Como si no hubiera estado dos días enteros pensando una estrategia para mandarle el mensaje y que suene casual. Como si no me interesara su respuesta. Como si no le hubiera puesto un tono distinto a sus mensajes. Como si no fuera obvio que iba a poder. Que iba a querer.
 "Sí, puedo", respondí.

💗
 to love 
 is to stand 
 in the biggest crowd imaginable, 
 and still, 
 beyond all reason, 
 look for the face 
 of a person 
 you know isn't there 

sábado, 9 de febrero de 2019

Atrapada

Necesitaba que me destruyas. Necesitaba que me lo digas todo sin rodeos, que apretes el botón de reset, que me apagues las emociones, que me tires las piedras con toda tu fuerza, que golpees fuerte en los muros de mi corazón, que me hieras hasta un punto desde donde no pudiera encontrar retorno, que el peso de tus palabras sea mayor que el de mi esperanza, para así obligarme a soltarla. Necesitaba que me destruyas, para así liberarme. Y casi, casi, lo lograste.
Necesitaba que me destruyas, y, si lo hubieras logrado, no te hubiera culpado en absoluto. Te lo pedí yo. Yo puse las palabras en tu boca, yo cargué tu pistola de balas, y luego me puse en frente tuyo, completamente desprotegida. Yo tiré mi escudo e ignoré cada célula de mi cuerpo que me gritaba que huya, cada átomo de mi persona que me tiraba hacia otro campo gravitacional lejos de tu indiferencia. Yo fui quien te mostró de dónde elegir las mejores piedras para tirarme. Yo fui la culpable. Yo te lo pedí. Nunca te pedí nada, ya ves, excepto este pequeño, minúsculo, favor.
Necesitaba que destruyas mis esperanzas, que le tires con todo el peso de tu desapego. Prefería llevar a cuestas tu apatía por meses antes que un segundo más con mis esperanzas a cuestas. Y casi lo lograste. Casi.
Necesitaba dejar la esperanza, porque me cuesta seguir cargando su peso en mi espalda. Hay algunos días que me pesa tanto que me dificulta la respiración. Necesitaba respirar, necesitaba soltarte, necesitaba un boton de reset. El problema es que solo vos podías apretarlo, porque solo vos tenés la clave. Necesitaba que lo apretes con todas tus fuerzas, que lo dejes inutilizable, para así nunca jamás volver. Necesitaba irme. Necesitaba irme porque sabía que vos jamás te ibas a ir, porque yo jamás podría echarte, entonces necesitaba que me eches vos. Necesitaba que me destruyas, te lo supliqué, me puse de rodillas. Pero no supiste entender. No supiste verme. Ahí estaba yo, desprotegida, completamente desamparada. Y cuando te pedí que me destruyas, me escuchaste, pero no me oíste. Me miraste, pero no me viste.
Y quizás tu intención fue cumplir mi pedido, mi único pedido, mi necesidad. Quizás quisiste, pero no supiste cómo ayudarme.

Necesitaba que me destruyas. Y casi, casi, lo logras. Casi.

Pero dijiste "no sé". Y escribiste "por el momento".

Ay, cómo me hubiera gustado que me destruyas. Cuánto lo necesitaba.
Y, ay, ojalá no hubieras escrito eso.
Porque entonces quizás no estaría acá,
con el filo de la esperanza aún clavada en mi espalda.
Quizás estaría en otro lugar,
destruida, ,
pero libre al fin.

lunes, 4 de febrero de 2019