"Me debes unas birras y tequilazos vos, te acordas?" escribí. Tentando al demonio, al destino, a qué se yo qué. Con la idea de que nos debíamos mucho más que una birra, apreté el botoncito y lo envié. Un tilde, dos tildes. En cuestión de segundos, mi mensaje llegó a sus manos.
Cerré la aplicación, tiré el celular en la cama. Ay, no. No debía haber enviado nada. Seguro no se acordaba. Seguro no le importaba. "Qué estupida, igual no va a contestar", me dije. Seguro estaba ocupado trabajando en algún proyecto nuevo, o con algun amigo, o con... qué se yo, quizás, arreglando para tomar una birra con otra. ¿Por qué lo envié? Creo que en el fondo esperaba que no le llegara nunca, que haya cambiado el número. O que no respondiera, que me ignorara, que deje de ilusionarme una y otra vez. Pero ya estaba, no había vuelta atrás. Mensaje recibido.
Me quise distraer, pero finalmente, volví a sentarme la cama, y sostuve el aparatito en mis manos. Me sonó, pero no era él. Mi amiga diciendome "avisame qué te contesta". Me removí inquieta. Eso quisiera, que me conteste, primero que nada. "Si no lo hace, salimos nosotras, no te preocupes. Si no te contesta, es un boludo". Sí, es un boludo, pero cómo me gusta este boludo.
Y entonces llegó. Me sonó un tono distinto, porque, sí, le puse un tono distinto para identificarlo. ¿Realmente te gusta alguien si no le pones un tono diferente a sus mensajes? Giré despacito el celular, casi con miedo, casi con terror. Esperaba el "sí, un día de estos" o, qué se yo, alguna excusa de las que siempre me ponía. Alguna vuelta. Pero entonces... "Sí, obvio que me acuerdo. Este viernes si queres. Podés?" me dijo.
Me temblaban las manos. ¿Por qué tiemblo? Sonreí, y nerviosa, decidí esperar unos 15 mintos para volver a escribirle. Como quien no quiere la cosa. Como si no hubiera estado dos días enteros pensando una estrategia para mandarle el mensaje y que suene casual. Como si no me interesara su respuesta. Como si no le hubiera puesto un tono distinto a sus mensajes. Como si no fuera obvio que iba a poder. Que iba a querer.
"Sí, puedo", respondí.
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