Tu risa fue lo más lindo de ese septiembre, y mirá que me pasaron muchas cosas lindas en septiembre, pero tu risa... fue la más linda de todas las cosas que me pasaron.
Recuerdo que hacía mucho frío esa madrugada, y, aunque era viernes, no había mucha gente en el bar con nosotros. La noche tenía un tinte azulado, frío, y, sin embargo, tu risa le dio a la atmósfera un cálido color ocre. Recuerdo que temblabamos los dos por el frío que teníamos, recuerdo haber pensado que si fueras cualquier otro, ya te habría dicho tiempo atrás de terminar la noche. De irnos. Me acuerdo que pensé que si hubieses sido cualquier otro, ante ese frío que indicaba que el invierno aún no se terminaba, me habría querido ir a mi casa, a acostarme en mi cama, a arroparme entre mis sábanas. Y, sin embargo, ahí estabamos los dos: congelados, intentando abrigarnos con el fuego de nuestros besos, acobijandonos en los brazos del otro. Recuerdo haberte mirado a los ojos mientras te reías y pensar que tus ojos eran los más hermosos del planeta. Y que tu risa era la más linda del universo. Y que seguramente muchas cosas lindas me iban a pasar en septiembre, que recién era la primer madrugada del mes, pero yo... yo ya había catalogado a esa noche como la más hermosa del mes, del año, quizás hasta de mi vida. Yo ya había registrado a tu risa como lo más lindo de ese septiembre.
Y ojalá me lo hubieran advertido. Digo, que tu risa solo iba a ser eso: lo más lindo de septiembre. Que en octubre iba a ser reemplazado por tu desapego, y en noviembre por tu frialdad. Que en diciembre tu apatía me iba a destruir, que en enero ibas a enredar mis pensamientos una vez más, que ibas a orientarlos un viernes para un lado y un domingo para el otro. Que en febrero te iba a suplicar que me destruyas y no ibas a poder hacerlo, que en marzo iba a querer que la frase morir de amor sea humanamente posible, y que me ibas a atar por siempre a la esperanza en mi espalda, ojalá me lo hubieran advertido. Me pregunto cómo hubiera actuado si hubiera sabido todo lo que iba a pasar. O, quizás, mejor dicho así: ojalá supiera cómo hubiera actuado si hubiera sabido todo lo que no iba a pasar.
Pero supongo que las cosas pasan de la forma que pasan por algo, y, por ahora, al menos me queda el recuerdo del fuego de tus besos abrigandome en esas noches de un invierno que tardaba en irse, y del cobijo de tus brazos, y de tus ojos celestes achinandose al compás de tu risa.
Y, ay, esa risa.
Fue, definitivamente, lo más lindo de septiembre.
sábado, 30 de marzo de 2019
jueves, 28 de marzo de 2019
martes, 19 de marzo de 2019
¿Despedida?
Y a veces sentimos las despedidas, no? Leí un texto el otro día, sobre cómo se siente ese cambio, ese algo que te dice "esta es la última vez". Un beso con sabor un tanto amargo, unas palabras que ya no conmueven, unos ojos que te miran pero no te ven, unas caricias que ya no erizan la piel, unos brazos que te rodean para cubrirte del frío del ambiente... pero que se sienten igual o más fríos que el ambiente mismo. A veces se siente, no? A veces simplemente lo sabés, aunque nadie se despida, ni aclare, ni explique: a veces estás con alguien y simplemente, ahí está. La certeza de que esa es, fue, la última vez.
Y supongo que si yo lo hubiera sentido, si algo en tu forma de besarme me lo hubiese advertido, si tus abrazos no me hubiesen abrigado, si tu mirada hubiese manifestado tu apatía, si en tus palabras hubiera encontrado tan solo un indicio... tal vez, supongo, tal vez me habría protegido. Tal vez habría sabido proteger a mi corazón, tal vez ya no seguiría escribiendote ni pensando en tu risa como lo más lindo de septiembre. Supongo que habría actuado diferente, aunque me pregunto qué tanto. Me pregunto si me habría animado a confesarme, o si habría fingido total y completa indiferencia ante tu mirada. Me pregunto si te habría dado más abrazos, más fuertes, o menos y más fríos y calculados. Seguro nos habría sacado esa foto que me pediste, esa que no quise sacarnos, esa que, recuerdo, pensé otra vez será, aunque no lo dije. Supongo que, sabiendo que era la última vez, no habría existido ese pensamiento.
Pero no supe verlo, ni sentirlo, ni intuirlo. Tampoco me lo esperaba, si te soy totalmente sincera. Supongo que nunca supe cómo intuir que ibas a irte, porque la otra vez me pasó igual. Tus manos en mi cintura, tu manera de abrazarme, tu mirada clavada en mi boca, la forma en que tu dedo trazaba formas en mis manos mientras yo apoyaba mi cabeza en tu hombro. ¿Es acaso alguna de estas señal de que todo está terminando? ¿De que es una despedida? Tal vez no supe interpretar tus señales, tal vez quise que denoten algo que realmente no significaban, tal vez lo que creí ver en tu mirada fue mi propio reflejo. ¿Será que me equivoqué? ¿Será que fui yo el problema en no entender tus señales? ¿O fue que tus señales no fueron claras? ¿O fue que no había señal? ¿Sabías que esa era la última vez, o te tomó tan de sorpresa como a mí? Porque podría jurar que no me equivoqué, que lo ví, que lo sentí: que eso no era un fínal. ¿Será todo esto un simple enriedo de mis propios pensamientos? ¿Un simple malentendido? Que de simple, por supuesto, no tiene nada: el amor nunca lo tiene, el desamor aún menos.
Pero, quizás, y sé que en parte me lastimo alimentando este pensamiento, quizás es que se suponía que así debía ser. Que las cosas pasaron así por algo, que nosotros estabamos destinados a no despedirnos. Que se suponía que ninguno debía saber que era la última vez: porque no lo era, porque no lo fue, porque no lo es. Y sé que en parte me lastimo alimentando esta esperanza, pero, tal vez algún día, no? Tal vez algún día, si el destino está de nuestro lado, si los astros se vuelven a alinear, si las estrellas deciden cumplirme un deseo... no? Tal vez algún día todo esto cobre sentido, tal vez me despierte con vos al lado y comprenda al fin por qué no nos despedimos aquél miércoles de septiembre: porque siempre estuvimos destinados a reencontrarnos.
No imaginé que la última vez sería, en efecto, la última vez. Y no pude disfrutar de un último beso, o un último abrazo, porque no sabía que lo estaba dando: no pude despedirme. Es que si tan solo hubiera percibido una señal, una indicación, algún cambio... pero no. Y entonces, y escribo esto plenamente consciente del daño que me hago a mí misma, elijo confiar en mi intuición: porque realmente intuí que esa no era la última vez que te veía, ni ese el último beso que te iba a dar, y simplemente lo sé: es que vos y yo vamos a volver a vernos.
Sé que voy a volver a verte, no sé cuándo, o cómo, pero lo sé. Lo sé, porque a veces simplemente lo sabés. Sé que nunca nos despedimos, sé que fue así por algo, que nada es casualidad, y no hace falta que me demuestres nada, o que digas nada: en el fondo ambos sabemos que esa no fue la última vez. Y no me sorprende, porque siempre nos creí esa historia inacabada merecedora de una segunda parte, y entonces pienso que también siempre fui creyente de que no hay dos sin tres, y que la tercera es la vencida. Y tal vez sí, no?
Tal vez algún día, me digo a mí misma, y sé que es muy fina la línea entre la esperanza y la expectativa, y no sé bien si estoy esperanzada o expectante, y supongo que algunos días esto, algunos otros aquello. Tal vez algún día, me digo, y sé que no sirve de nada esperarte, sé que en realidad no hay nada que yo pueda hacer, que escapa de mis manos, que el destino se va a encargar solito, pero, también sé que no serviría de nada dejar de esperarte: igual seguiría haciéndolo. Y entonces, por defecto, también sé que no serviría de nada despedirme: acá siempre sos bienvenido.
Y supongo que si yo lo hubiera sentido, si algo en tu forma de besarme me lo hubiese advertido, si tus abrazos no me hubiesen abrigado, si tu mirada hubiese manifestado tu apatía, si en tus palabras hubiera encontrado tan solo un indicio... tal vez, supongo, tal vez me habría protegido. Tal vez habría sabido proteger a mi corazón, tal vez ya no seguiría escribiendote ni pensando en tu risa como lo más lindo de septiembre. Supongo que habría actuado diferente, aunque me pregunto qué tanto. Me pregunto si me habría animado a confesarme, o si habría fingido total y completa indiferencia ante tu mirada. Me pregunto si te habría dado más abrazos, más fuertes, o menos y más fríos y calculados. Seguro nos habría sacado esa foto que me pediste, esa que no quise sacarnos, esa que, recuerdo, pensé otra vez será, aunque no lo dije. Supongo que, sabiendo que era la última vez, no habría existido ese pensamiento.
Pero no supe verlo, ni sentirlo, ni intuirlo. Tampoco me lo esperaba, si te soy totalmente sincera. Supongo que nunca supe cómo intuir que ibas a irte, porque la otra vez me pasó igual. Tus manos en mi cintura, tu manera de abrazarme, tu mirada clavada en mi boca, la forma en que tu dedo trazaba formas en mis manos mientras yo apoyaba mi cabeza en tu hombro. ¿Es acaso alguna de estas señal de que todo está terminando? ¿De que es una despedida? Tal vez no supe interpretar tus señales, tal vez quise que denoten algo que realmente no significaban, tal vez lo que creí ver en tu mirada fue mi propio reflejo. ¿Será que me equivoqué? ¿Será que fui yo el problema en no entender tus señales? ¿O fue que tus señales no fueron claras? ¿O fue que no había señal? ¿Sabías que esa era la última vez, o te tomó tan de sorpresa como a mí? Porque podría jurar que no me equivoqué, que lo ví, que lo sentí: que eso no era un fínal. ¿Será todo esto un simple enriedo de mis propios pensamientos? ¿Un simple malentendido? Que de simple, por supuesto, no tiene nada: el amor nunca lo tiene, el desamor aún menos.
Pero, quizás, y sé que en parte me lastimo alimentando este pensamiento, quizás es que se suponía que así debía ser. Que las cosas pasaron así por algo, que nosotros estabamos destinados a no despedirnos. Que se suponía que ninguno debía saber que era la última vez: porque no lo era, porque no lo fue, porque no lo es. Y sé que en parte me lastimo alimentando esta esperanza, pero, tal vez algún día, no? Tal vez algún día, si el destino está de nuestro lado, si los astros se vuelven a alinear, si las estrellas deciden cumplirme un deseo... no? Tal vez algún día todo esto cobre sentido, tal vez me despierte con vos al lado y comprenda al fin por qué no nos despedimos aquél miércoles de septiembre: porque siempre estuvimos destinados a reencontrarnos.
No imaginé que la última vez sería, en efecto, la última vez. Y no pude disfrutar de un último beso, o un último abrazo, porque no sabía que lo estaba dando: no pude despedirme. Es que si tan solo hubiera percibido una señal, una indicación, algún cambio... pero no. Y entonces, y escribo esto plenamente consciente del daño que me hago a mí misma, elijo confiar en mi intuición: porque realmente intuí que esa no era la última vez que te veía, ni ese el último beso que te iba a dar, y simplemente lo sé: es que vos y yo vamos a volver a vernos.
Sé que voy a volver a verte, no sé cuándo, o cómo, pero lo sé. Lo sé, porque a veces simplemente lo sabés. Sé que nunca nos despedimos, sé que fue así por algo, que nada es casualidad, y no hace falta que me demuestres nada, o que digas nada: en el fondo ambos sabemos que esa no fue la última vez. Y no me sorprende, porque siempre nos creí esa historia inacabada merecedora de una segunda parte, y entonces pienso que también siempre fui creyente de que no hay dos sin tres, y que la tercera es la vencida. Y tal vez sí, no?
Tal vez algún día, me digo a mí misma, y sé que es muy fina la línea entre la esperanza y la expectativa, y no sé bien si estoy esperanzada o expectante, y supongo que algunos días esto, algunos otros aquello. Tal vez algún día, me digo, y sé que no sirve de nada esperarte, sé que en realidad no hay nada que yo pueda hacer, que escapa de mis manos, que el destino se va a encargar solito, pero, también sé que no serviría de nada dejar de esperarte: igual seguiría haciéndolo. Y entonces, por defecto, también sé que no serviría de nada despedirme: acá siempre sos bienvenido.
jueves, 14 de marzo de 2019
-If I had a camera, I said, I'd take a picture of you every day. That way I'd remember how you looked every single day of your life.
-I look exactly the same.
-No, you don't. You're changing all the time. Every day a tiny bit. If I could, I'd keep a record of it all.
-If you're so smart, how did I change today?
-You got a fraction of a millimeter taller, for one thing. Your hair grew a fraction of a millimeter longer. You got a little happier and also a little sadder.
-Meaning they cancel each other out, leaving me exactly the same.
-Not at all. The fact that you got a little happier today doesn't change the fact that you also become a little sadder. Every day you become a little more of both, which means that right now, at this exact moment, you're the happiest and the saddest you've ever been in your whole life.
-How do you know?
-Think about it. Have you ever been happier or sadder than right now, lying here in this grass?
-I guess not. No.
-And have you ever been sadder?
-No... What about you? Are you the happiest and saddest right now that you've ever been?
-Of course I am.
-Why?
-Because nothing makes me happier and nothing makes me sadder than you .
lunes, 11 de marzo de 2019
Hay cosas peores
Entra alguien nuevo a mi vida, y al poco tiempo se va. Pero no importa, porque sé que va a venir alguien más, que siempre es así. Estoy atascada en una monotonía y todo me parece lo mismo, todos son lo mismo, y las cosas me emocionan solo por un segundo, hasta que recuerdo que nada realmente importa. Incluida yo. ¿Incluida yo? Todo se vuelve borroso y los bordes se desdibujan. Todos los tragos me saben a lo mismo y, de a poco, dejo de sentirles gusto en absoluto. Las mañanas me resultan monótonas y rutinarias, y a veces lo más interesante del día es decidir si desayunar té o café. En cada beso creo sentirte, y en cada abrazo tus brazos me rodean. Las bienvenidas me cuestan porque ya sé que todas terminan en despedidas, y las despedidas ya no me duelen; no desde que tuve que despedirte a vos. Es que cada despedida me suena a lo mismo, es simplemente la sombra de la nuestra, y entonces no me importa: sé que hay cosas peores.
Pero a veces son inevitables las bienvenidas, aunque yo ni siquiera lo intente. Es que me dicen que tengo que soltarte para poder abrazarme a algo nuevo, aunque yo sé que quieren decir alguien nuevo. Me dicen que quizás conozca a alguien mejor, que me guste más, con quien conecte en todos los niveles, que me haga ver las estrellas, que sea todo lo que quiero y más. Me dicen que tengo que dejar de esperarte y conocer a otros, pero yo no les hago caso, ¿qué sentido tiene, si ya me sé la historia de memoria? Si ya sé que son pérdidas de tiempo, distracciones, entretenimiento barato. Que ellos son la réplica, y vos el cuadro. Que aunque les de la bienvenida la despedida va a venir instantáneamente, y sé que no me va a doler, que voy a querer que me duela, pero no me va a causar nada, y que ellos ni siquiera van a darse cuenta: mi despedida tampoco les va a doler.
Entonces prefiero volver a la seguridad de pensarte, porque ya me lo sé de memoria, ya lo hago por inercia, y entonces te extraño, aunque sé que no debería. Te extraño, intenté no hacerlo, a veces quizás lo logro un poco, pero sigo volviendo a hacerlo, supongo que es algo obvio ya. Te extraño, aunque me prometí que intentaría pasar de página, aunque sé que es probable que tus ojos nunca me vean como una vez me vieron, aunque sepa que si no estás es porque no querés y no porque no podés, aunque no debería: te extraño, y a veces pienso que es más por ellos que por vos mismo, o más por mí incluso. Es que ante la nada que ellos me hacen sentir, extraño cómo vos podías hacerme sentir todo, y, en verdad, prefiero volver a sentirte a vos, incluso si lo que me hacés sentir es nostalgia. Es que sos el único que puede causarme eso, es que nunca volví a ver la misma película tantas veces como vi la que pasaba por tus ojos, ninguna historia nunca mereció tantas páginas como la nuestra, y me entristece hacerlo, no me gusta extrañarte, pero, bueno, supongo que era verdad la frase de la canción que dice que es mejor sentir tristeza que no sentir nada en absoluto.
Y entonces la rutina de siempre se vuelve una lucha entre intentar no extrañarte... y fracasar. Una lucha entre tratar de sacarte de mi mente y volver a tu recuerdo una y otra vez, con cada fracaso, con cada NO que me grita el alma cuando se trata de alguien que no sos vos. Y ya no me duelen, al principio un poco sí, hasta que me di cuenta: que cada dolor es en realidad el eco del que vos causaste. Y ya sé que no lo causaste vos en realidad, sé que me lo causé yo misma con mis expectativas. Sé que no sos el verdadero culpable, pero en mi mente es más fácil así, sabés? Es más fácil hecharte culpas, intentar odiarte, desear no haberte conocido. Es más fácil intentar forzar a mi mente a dejar de extrañarte, entonces le digo que le haces mal a mi psiquis, y me quiero auto-convencer de que no te quiero, o, peor aún: de que lo quiero a él (cualquiera que él sea). Pero en el fondo sé que no hago más que mentirme una y otra vez, que no te odio, que te extraño; y ante cada ausencia se hace más evidente que la tuya no se atenúa, sino todo lo contrario: cada ausencia acentúa la tuya. Y cada despedida renueva la tuya, y me termino acostumbrando a sentirte una y otra vez, más por ellos que por vos. Me termino acostumbrando a este constante deja vú en el que dejo de diferenciar una historia de otra, en el que cada rostro se vuelve borroso y los bordes se desdibujan, y no recuerdo cuál nombre corresponde a cuál despedida, porque ninguna importa mucho en realidad. ¿Él me gustaba de verdad, o era solo un vago intento de convencerme de que te estaba superando? ¿Me duele que no me quiera o es tan solo un eco de tu desafecto? Me termino acostumbrando a llorar tu ausencia en cualquier otra, y a maldecir tu ida en cada otra, y entonces recuerdo esa canción de Sabina que dice que todos los finales son el mismo repetido. Y Sabina tenía razón.
Y yo, que nunca fui buena en despedidas, me descubro a mí misma abrazando un nuevo adiós, una y otra vez. Y ya no me importa, quizás un poco me apena, pero no me duele, porque después de despedirme de vos, lo sé: hay cosas peores.
Hay cosas mucho peores.
Pero a veces son inevitables las bienvenidas, aunque yo ni siquiera lo intente. Es que me dicen que tengo que soltarte para poder abrazarme a algo nuevo, aunque yo sé que quieren decir alguien nuevo. Me dicen que quizás conozca a alguien mejor, que me guste más, con quien conecte en todos los niveles, que me haga ver las estrellas, que sea todo lo que quiero y más. Me dicen que tengo que dejar de esperarte y conocer a otros, pero yo no les hago caso, ¿qué sentido tiene, si ya me sé la historia de memoria? Si ya sé que son pérdidas de tiempo, distracciones, entretenimiento barato. Que ellos son la réplica, y vos el cuadro. Que aunque les de la bienvenida la despedida va a venir instantáneamente, y sé que no me va a doler, que voy a querer que me duela, pero no me va a causar nada, y que ellos ni siquiera van a darse cuenta: mi despedida tampoco les va a doler.
Entonces prefiero volver a la seguridad de pensarte, porque ya me lo sé de memoria, ya lo hago por inercia, y entonces te extraño, aunque sé que no debería. Te extraño, intenté no hacerlo, a veces quizás lo logro un poco, pero sigo volviendo a hacerlo, supongo que es algo obvio ya. Te extraño, aunque me prometí que intentaría pasar de página, aunque sé que es probable que tus ojos nunca me vean como una vez me vieron, aunque sepa que si no estás es porque no querés y no porque no podés, aunque no debería: te extraño, y a veces pienso que es más por ellos que por vos mismo, o más por mí incluso. Es que ante la nada que ellos me hacen sentir, extraño cómo vos podías hacerme sentir todo, y, en verdad, prefiero volver a sentirte a vos, incluso si lo que me hacés sentir es nostalgia. Es que sos el único que puede causarme eso, es que nunca volví a ver la misma película tantas veces como vi la que pasaba por tus ojos, ninguna historia nunca mereció tantas páginas como la nuestra, y me entristece hacerlo, no me gusta extrañarte, pero, bueno, supongo que era verdad la frase de la canción que dice que es mejor sentir tristeza que no sentir nada en absoluto.
Y entonces la rutina de siempre se vuelve una lucha entre intentar no extrañarte... y fracasar. Una lucha entre tratar de sacarte de mi mente y volver a tu recuerdo una y otra vez, con cada fracaso, con cada NO que me grita el alma cuando se trata de alguien que no sos vos. Y ya no me duelen, al principio un poco sí, hasta que me di cuenta: que cada dolor es en realidad el eco del que vos causaste. Y ya sé que no lo causaste vos en realidad, sé que me lo causé yo misma con mis expectativas. Sé que no sos el verdadero culpable, pero en mi mente es más fácil así, sabés? Es más fácil hecharte culpas, intentar odiarte, desear no haberte conocido. Es más fácil intentar forzar a mi mente a dejar de extrañarte, entonces le digo que le haces mal a mi psiquis, y me quiero auto-convencer de que no te quiero, o, peor aún: de que lo quiero a él (cualquiera que él sea). Pero en el fondo sé que no hago más que mentirme una y otra vez, que no te odio, que te extraño; y ante cada ausencia se hace más evidente que la tuya no se atenúa, sino todo lo contrario: cada ausencia acentúa la tuya. Y cada despedida renueva la tuya, y me termino acostumbrando a sentirte una y otra vez, más por ellos que por vos. Me termino acostumbrando a este constante deja vú en el que dejo de diferenciar una historia de otra, en el que cada rostro se vuelve borroso y los bordes se desdibujan, y no recuerdo cuál nombre corresponde a cuál despedida, porque ninguna importa mucho en realidad. ¿Él me gustaba de verdad, o era solo un vago intento de convencerme de que te estaba superando? ¿Me duele que no me quiera o es tan solo un eco de tu desafecto? Me termino acostumbrando a llorar tu ausencia en cualquier otra, y a maldecir tu ida en cada otra, y entonces recuerdo esa canción de Sabina que dice que todos los finales son el mismo repetido. Y Sabina tenía razón.
Y yo, que nunca fui buena en despedidas, me descubro a mí misma abrazando un nuevo adiós, una y otra vez. Y ya no me importa, quizás un poco me apena, pero no me duele, porque después de despedirme de vos, lo sé: hay cosas peores.
Hay cosas mucho peores.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)