lunes, 11 de marzo de 2019

Hay cosas peores

Entra alguien nuevo a mi vida, y al poco tiempo se va. Pero no importa, porque sé que va a venir alguien más, que siempre es así. Estoy atascada en una monotonía y todo me parece lo mismo, todos son lo mismo, y las cosas me emocionan solo por un segundo, hasta que recuerdo que nada realmente importa. Incluida yo. ¿Incluida yo? Todo se vuelve borroso y los bordes se desdibujan. Todos los tragos me saben a lo mismo y, de a poco, dejo de sentirles gusto en absoluto. Las mañanas me resultan monótonas y rutinarias, y a veces lo más interesante del día es decidir si desayunar té o café. En cada beso creo sentirte, y en cada abrazo tus brazos me rodean. Las bienvenidas me cuestan porque ya sé que todas terminan en despedidas, y las despedidas ya no me duelen; no desde que tuve que despedirte a vos. Es que cada despedida me suena a lo mismo, es simplemente la sombra de la nuestra, y entonces no me importa: sé que hay cosas peores.

Pero a veces son inevitables las bienvenidas, aunque yo ni siquiera lo intente. Es que me dicen que tengo que soltarte para poder abrazarme a algo nuevo, aunque yo sé que quieren decir alguien nuevo. Me dicen que quizás conozca a alguien mejor, que me guste más, con quien conecte en todos los niveles, que me haga ver las estrellas, que sea todo lo que quiero y más. Me dicen que tengo que dejar de esperarte y conocer a otros, pero yo no les hago caso, ¿qué sentido tiene, si ya me sé la historia de memoria? Si ya sé que son pérdidas de tiempo, distracciones, entretenimiento barato. Que ellos son la réplica, y vos el cuadro. Que aunque les de la bienvenida la despedida va a venir instantáneamente, y sé que no me va a doler, que voy a querer que me duela, pero no me va a causar nada, y que ellos ni siquiera van a darse cuenta: mi despedida tampoco les va a doler.

Entonces prefiero volver a la seguridad de pensarte, porque ya me lo sé de memoria, ya lo hago por inercia, y entonces te extraño, aunque sé que no debería. Te extraño, intenté no hacerlo, a veces quizás lo logro un poco, pero sigo volviendo a hacerlo, supongo que es algo obvio ya. Te extraño, aunque me prometí que intentaría pasar de página, aunque sé que es probable que tus ojos nunca me vean como una vez me vieron, aunque sepa que si no estás es porque no querés y no porque no podés, aunque no debería: te extraño, y a veces pienso que es más por ellos que por vos mismo, o más por mí incluso. Es que ante la nada que ellos me hacen sentir, extraño cómo vos podías hacerme sentir todo, y, en verdad, prefiero volver a sentirte a vos, incluso si lo que me hacés sentir es nostalgia. Es que sos el único que puede causarme eso, es que nunca volví a ver la misma película tantas veces como vi la que pasaba por tus ojos, ninguna historia nunca mereció tantas páginas como la nuestra, y me entristece hacerlo, no me gusta extrañarte, pero, bueno, supongo que era verdad la frase de la canción que dice que es mejor sentir tristeza que no sentir nada en absoluto. 

Y entonces la rutina de siempre se vuelve una lucha entre intentar no extrañarte... y fracasar. Una lucha entre tratar de sacarte de mi mente y volver a tu recuerdo una y otra vez, con cada fracaso, con cada NO que me grita el alma cuando se trata de alguien que no sos vos. Y ya no me duelen, al principio un poco sí, hasta que me di cuenta: que cada dolor es en realidad el eco del que vos causaste. Y ya sé que no lo causaste vos en realidad, sé que me lo causé yo misma con mis expectativas. Sé que no sos el verdadero culpable, pero en mi mente es más fácil así, sabés? Es más fácil hecharte culpas, intentar odiarte, desear no haberte conocido. Es más fácil intentar forzar a mi mente a dejar de extrañarte, entonces le digo que le haces mal a mi psiquis, y me quiero auto-convencer de que no te quiero, o, peor aún: de que lo quiero a él (cualquiera que él sea). Pero en el fondo sé que no hago más que mentirme una y otra vez, que no te odio, que te extraño; y ante cada ausencia se hace más evidente que la tuya no se atenúa, sino todo lo contrario: cada ausencia acentúa la tuya. Y cada despedida renueva la tuya, y me termino acostumbrando a sentirte una y otra vez, más por ellos que por vos. Me termino acostumbrando a este constante deja vú en el que dejo de diferenciar una historia de otra, en el que cada rostro se vuelve borroso y los bordes se desdibujan, y no recuerdo cuál nombre corresponde a cuál despedida, porque ninguna importa mucho en realidad. ¿Él me gustaba de verdad, o era solo un vago intento de convencerme de que te estaba superando? ¿Me duele que no me quiera o es tan solo un eco de tu desafecto? Me termino acostumbrando a llorar tu ausencia en cualquier otra, y a maldecir tu ida en cada otra, y entonces recuerdo esa canción de Sabina que dice que todos los finales son el mismo repetido. Y Sabina tenía razón.


Y yo, que nunca fui buena en despedidas, me descubro a mí misma abrazando un nuevo adiós, una y otra vez. Y ya no me importa, quizás un poco me apena, pero no me duele, porque después de despedirme de vos, lo sé: hay cosas peores.
Hay cosas mucho peores.

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