lunes, 30 de agosto de 2010

su voz

Era su voz. Evité pensar en su nombre, pero me sorprendió que su sonido no me hiciera caer de rodillas y acurrucarme en el pavimento por la tortura de la pérdida. No sentí ninguna pena, ninguna en absoluto.
Todo se me aclaró por completo en el momento en que escuché su voz. Como si mi cabeza hubiera emergido repentinamente de algún pozo oscuro. Era más consciente de todo, la vista, el sonido, la sensación el aire frío que no había notado que estuviera soplando cortándome la cara, los olores que precedían de la puerta abierta del bar.
Miré a mi alrededor en estado de shock.

Primera opción: me había vuelto loca. Al menos esa era la palabra que vulgarmente se aplica a aquellos que oyen voces en sus cabezas. Entraba dentro de lo posible.
Segunda opción: mi subconsciente me proporcionaba aquello que yo quería oir. Era la satisfacción de un deseo, es decir, un alivio momentáneo de la pena al aferrarme a la idea incorrecta de que a él le preocupaba que yo viviera o muriera. Una proyección de lo que él hubiera dicho si a) estuviera aquí, b) le afectara de alguna manera que me pasara algo malo.
Era probable.
Luna nueva