miércoles, 2 de marzo de 2011

Y en ese momento empezó a llorar.
Lloró por todo el llanto que se había guardado durante esos tres meses, lloró como explosión de todo lo que había pasado en un sólo día, lloró por los recuerdos, lloró por ser consciente de haber estado olvidando el sonido de su voz, su risa, sus miradas y hasta sus historias. Lloró mirando su historial de conversaciones, lloró leyendo los mensajes y borrandolos. Lloró apretandose el pecho para que no se le escapara el corazón, lloró guardando en su memoria esas lágrimas, para poder decirle a él lo mal que se sentía, lo mucho que lo extrañaba, los días y noches que sólo pensaba en él.
Lloró con rabia, con enojo, con tristeza, con resignación. Lloró resignada al darse cuenta que no iba a ser fácil olvidarlo, y que iba a tener que poner todo su empeño.
Lloró consciente de que iba a tener una última oportunidad de decir todo lo que la había estado asfixiando por tres meses. Por media hora sólo lloró y lloró, hasta cerrar los ojos y soñar dormirse para siempre.

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