viernes, 16 de noviembre de 2018

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¿Alguna vez sintieron que nada iba bien en su vida, al punto de llegar a pensar que quizás ni valía la pena vivirla?  Por qué, para qué. ¿Qué sentido tiene? ¿What's the point? 
Algunos días siento que ni las cosas más mínimas tienen sentido. No tengo fuerzas para moverme de la cama, no siento hambre, no siento sed, nada. No tengo energía para reirme, pero tampoco para llorar. Estoy cansada. ¿De qué? Duermo, pero igual sigo cansada. Me pesan los ojos, me duele la cabeza. Me pesan las piernas, no puedo levantarme. Me duele el cuerpo, pero no sé bien de qué, creo que el dolor viene de adentro. Siento dolor. Me duele todo. No me siento triste, me siento vacía. Rota. ¿Alguna vez sintieron eso? ¿Saben cómo se siente el alma rota? 
Quisiera explicarselos, quisiera contarles, que me entiendan, que puedan realmente ponerse en mi lugar. Pero no quisiera agobiarlos. A veces es demasiado, hasta para mí. Sentir, no sentir. Como un océano, viene en oleadas, algunas mas fuertes que otras. Pero nunca deja de venir. Las olas siempre vuelven. El mar nunca está calmo. Y si lo está, no me dejo llevar, porque tengo la certeza de que solo se trata de la calma antes de la tormenta. 
Algunos días tengo más energía. Me despierto, voy a cursar, estudio, almuerzo, me río, charlo, quizás hasta lloro por alguna pavada. Estoy contenta, triste. Siento todo. Y cuando digo todo, me refiero a que sigo sintiendome rota. Vacía. Como que nunca nada alcanza. 
Algunos días mis demonios internos me ganan, y no tengo energía para pelearlos. El mundo me aplasta y me cuesta respirar, todo me duele demasiado. Solo quiero apagar el dolor, y recurro al físico, porque el mental no me deja respirar, en cambio el físico me obliga a hacerlo, recordándome que estoy viva. Y cuando la herida física sana, me recuerda que mi mente también va a sanar.
¿Alguna vez llegaron al punto de querer terminar con todo? Pero terminarlo en serio. Parar. Basta. ¿Alguna vez se les pasó por la cabeza morir? ¿El suicidio? La gente se espanta un poco cuando lee esa palabra. Algunas personas insisten "es de cagón". Otras dicen que es de valientes. Qué se yo, no sé bien qué siento yo cada vez que agarro un cuchillo y planeo mi muerte desangrada. No sé si tengo miedo, o coraje. Me duele, eso sí lo sé. Me duele, y no quiero que me duela más. Me duele, y basta, por favor. Basta, cabeza, dejame en paz. Dejame ser feliz, por favor.
¿Ustedes tienen idea de lo que es que tu propia mente juegue con vos? ¿De que tus propios pensamientos te persigan? Qué suerte si no.
Saben, la primera vez que me dijeron que tenía depresión y tenían que tratarme por mis tendencias suicidas, yo tenía 15 años. Me acuerdo que era abril, que yo lloraba todo el día, que no sabía bien por qué. Que tenía ataques de pánico, que no podía respirar, que no podía comer. No sentía hambre, no sentía nada más que dolor y presión en el pecho. Constantemente. Me lastimaba todos los días, quería morir, pero no sabía por qué. No le encontraba sentido a nada, y no tenía energía para buscarle el sentido. La vida me pesaba, y cada día que vivía era una tortura. ¿Alguna vez sintieron eso? ¿Alguna vez sintieron que el mundo conspiraba en su contra? Si su respuesta es un sí, ahora imaginense cómo se siente que tu propia mente conspire en tu contra. ¿Alguna vez miraron a alguien a los ojos y se dieron cuenta que estaban apagados? Así me sentía yo. Apagada. Me miraban, pero no me veían. Nadie lo hacía. Y entonces decidí ir a la psicologa, a ver si me decía que todo iba a pasar, que iba a estar bien. Pero como ya les dije, no fue así. Depresiva, tendencias suicidas, principio de anorexia, ataques de ansiedad, ataques de pánico. The whole package, eh. No le conté a mis viejos, para qué, solamente los iba a amargar. O quizás me iban a decir que intente, y no iban a entender que no podía, que no me salía. Pero les escribí cartas. Escribí muchas. Pedí perdon, asumí responsabilidad. En otras cartas heché culpas, dije "quizás si hubieras hecho tal cosa, yo seguiría acá". Nunca las mandé, porque nunca me animé a matarme, claro está. Supongo que las tiré, realmente no recuerdo. Recuerdo lo que sentía, igual. Acepté mis demonios, y los dejé ganar. Ese día que escribí las cartas, los dejé ganar. Me corté los brazos, y esperé. Me tomé un par de pastillas, y esperé. Pero nada pasó. 
Creo que me dormí un rato, no sé bien cuánto tiempo pasó. Me desperté en el piso del baño, y me sentí triste por seguir viva. Estaba mareada, quizás por las pastillas, quizás por no haber comido. Era sábado, me acuerdo que eran como las 18, 19 hs, y yo no había comido en todo el día. El día anterior no había comido tampoco, para qué, si total me iba a morir. 
Pero no morí. Sobreviví, creo. A medias, supongo. Mis demonios nunca se fueron, se rieron bastante de mí, la verdad. Se burlaron de lo que no logré, y me dijeron que ni para eso servía. Que no era buena en nada, que nunca iba a serlo. Me lo repiten mucho, aún hoy, casi unos exactos seis años después de ese día. Hoy mis demonios me acompañan, y yo lidio con ellos como puedo. Unos días no los siento tanto, aunque sé que están ahí. Me cuesta menos ignorarlos, o pasarlos a segundo plano. Otros días no lo hago, no me importa. No puedo, no me sale, no sé cómo. Me aislo, no quiero nada, no quiero a nadie. 
Este es uno de esos días. Mis demonios los saludan, hola, qué tal. Acá estan, al lado mío, sentaditos como siempre. Me dicen que van a estar conmigo siempre, y yo les creo, aunque toda la gente me quiera convencer de que yo puedo alejarlos. ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué sentido tiene la vida, en realidad?
Siento todo apagarse, y me siento a mí misma apagarme. No me siento vacía, o rota, o triste. No sé bien qué siento. Solo sé que me duele. El cuerpo, la mente, el alma. La vida. Me duele vivir, y ya estoy cansada. Quisiera simplemente dejar de hacerlo. Irme, que mis demonios me lleven. Y no volver nunca, nunca más a este lugar. Porque este lugar es solo dolor. Y no quiero más dolor. 
No quiero más nada.

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