lunes, 15 de octubre de 2018

El monstruo (ese día)

Nunca sintió la necesidad de escribirle. Pero ese día sintió que sí, que era su turno. Ese día tocaba hablarle. O al menos, escribirle. Poner en palabras todo lo que le quería decir pero no se animaba. Fue ese día en que llorando en el baño se dio cuenta de por qué desde su partida ella no hacía más que llorar. No era por extrañarlo a él. No era por desear su vuelta. Ya no lo sentía como antes, pero igual lloraba. Lloraba porque en él había encontrado un refugio para sus días lluviosos, un abrigo para sus días de frío, y una refrescante brisa en sus días más calurosos. Casi sin quererlo, en él había encontrado su salvación. Un escudo contra ese monstruo que hace tanto tiempo la acecha. Creía que se había ido, pero comprendió que solo había estado ocultandose mientras ella aprovechaba estar protegida en su refugio. En sus brazos. Y por eso, ese día sintió necesidad de escribirle.
Ese día lloró por el monstruo haciendo su aparición, pero también por entender. Entendió que el monstruo nunca hubiera atinado a asentarse si no fuera porque ella había salido de su refugio. Y no es que ella no quería salir, estaba deseando la libertad. Y, ¿cómo iba a pensar que lo que ella tanto quería podía hacerle tanto mal? 
Ese día, llorando en la esquina del baño, el monstruo la miraba mientras ella ataba los cabos. Comprendió que no era libre, y que nunca iba a serlo. Comprendió que el monstruo siempre iba a acompañarla. Que no importaba si encontraba otro refugio. Esta vez, el monstruo la seguiría allí también. 
Nunca sintió la necesidad de escribirle, hasta ese día, encerrada en el baño llorando, cuando sintió su ausencia más fuerte que nunca. Ese día llegó a la conclusión de que el monstruo había aprovechado, tomando fuerza de donde ella menos lo esperaba, para asentarse. Y lo vio ahí, en la otra esquina del baño, sonriendole. "¿Me extrañaste?", le preguntó. 
Y el monstruo replicó: "Nunca me fui".

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