No sé bien por qué te espero si sé que no vas a venir. Pero igual lo hago. Y fantaseo con un “más tarde, o mañana, o quizás la semana que viene, o la otra”. Y lo espero, pero en el fondo sé que no va a pasar. E intento aceptarlo, y cerrarte la puerta. Voy decidida a dar el portazo, a cerrar con llave y tirar la misma al vacío para que no entres nunca más, ni aunque yo quiera dejarte entrar. Y la cierro. Cierro la puerta. Pero igual, no tiro la llave. E igual, dejo la ventana abierta. Por si te pinta dejar de hacerme esperarte en vano. Por si, de casualidad, pasas cerca y queres saber cómo estoy. Te cierro la puerta, pero nunca la ventana, para ver si quizás, pasas, miras, y te dan ganas de tocarme timbre.
Y yo quisiera creerme cuando digo que no te voy a dejar entrar. Quisiera creerme cuando digo que no espero que seas vos cada vez que suena el timbre o alguien toca la puerta. Pero somos pocos y nos conocemos mucho. Si no te cierro la ventana, es porque estoy esperando ver tus ojitos claros asomarse a ella y espiarme por ahí. Y estoy esperando que quieras entrar. Y te estoy esperando. A vos, y solo a vos. Tocame la puerta, que guardé la llave.
¿Cuánto más vas a tardar?
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